Mis benditos contemporáneos. Los leo, y los releo. Repaso sus letras, poco a poquito. Los escudriño, anoto sus intenciones y procuro darles un mejor sentido. Me causan hastío, quizás hasta un poco de asco, pero aún así sigo leyéndolos.
Mientras recorro con mi mirada sus anecdotas observo con tristeza lo simple, o lo común, de sus escenarios: ese callejón vacío, la lluvia cayendo fría sobre la fría noche mientras una fría mirada recorre el frío umbral.
Me exasperan. Cambio de página, me resulta tan obvio el hecho de que, a continuación de describirme pesadamente el caminar de unos zapatos rojos con tacones de aguja, este leyendo un desesperado intento por aparentar ser eróticos con el atrevimiento ingenuo de escribir "puta", "coger"... me hacen sonreir.
Humedezco con mi saliva mi dedo índice, paso de hoja. Lentamente, no hay prisa. Incluso, en ese delicado fragmento de tiempo que duran los tres segundos en los que el papel cambia de cara para ofrecerme nuevas letras, imagino la conclusión de sus ingenuos finales.
Sangre, al final de cuentas, será siempre lo que más vende, y curiosamente es aquello que nunca han visto - ¿con qué atrevimiento ensucian las letras al redactar conceptos tan ajenos a sus estáticas y sedentarias vidas? -.
Pequeños, me dan pena.
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