Es curioso observar que, cada que nuestro país se encuentra en medio de una crisis social, lo cual parece ya el pan de cada día de nuestra sociedad, lo primero que solemos encontrar son los responsables del problema, y polarizada la opinión pública comienzan a refugiarse los acusadores detrás de los protagonistas para empezar a lanzar pedradas incriminatorias un bando a otro.
El caso de la liquidación de Luz y Fuerza del Centro es el más notable en este momento, y uno que ha llevado al colmo la evidencia de que México, los mexicanos, somos un país y unos ciudadanos predecibles hasta el hartazgo.
Por principio de cuentas, el hecho de que el Presidente de la República, Felipe Calderón Hinojosa, haya decidido dar su golpe maestro para resguardar con la Policía Federal las instalaciones de LyFC un particular sábado por la noche. A muchos les pareció una genialidad por haberse realizado mientras se realizaba el encuentro clasificatorio más importante para la selección mexicana de fútbol.
Si le dedican más de dos minutos a la reflexión, realmente no tiene nada de sesuda esa decisión. Era evidente que todos los mexicanos estaríamos (admito que celebré un par de goles) pegados frente al televisor, vitoreando los aciertos de once individuos que sin saberlo, eran los cómplices más importantes del asalto a las instalaciones de los electricistas mexicanos.
Calderón realizó el movimiento más lógico, pero por muy lógico y por muy evidente que fuera, nadie lo predijo. México estuvo en un 80 por ciento de su auditorio escuchando cátedras de perversiones del lenguaje por parte del Perro Bermúdez, y la policía simplemente se iba haciendo de las oficinas, una a una, mientras buena parte de los trabajadores electricistas incluso lo celebraban, pasadas las cervezas, en el monumento al ángel de la independencia.
La imagen, simbólicamente analizada, realmente es perversa. Un gobierno ataca a una población distraída, mientras festejan hasta los directamente afectados alcoholizados por sentimientos nacionalistas que le infundían las narraciones de los conductores de Televisa, y Tv Azteca.
Es lamentable, el Gobierno Federal no tuvo que hacer un gran movimiento estratégico para darle la vuelta al rumbo político del país. Simplemente no hubo resistencia, todo se tomó sin la más pequeña protesta. Somos un auditorio pasivo, cautivo totalmente de lo que a lo largo de décadas nos han ido entrenando psicológicamente para aprehenderlo, y aprenderlo bien.
Eso sí, la reacción que vimos la semana pasada desbordó sin límite alguno a los medios masivos de opinión. Desde los millones de comentarios en cada nota que colgaban los diarios en internet, pasando por los derechistas de Reforma, los oficialistas de El Universal, Milenio, la izquierda en La Jornada, por los espacios de redes sociales como Facebook, o twitter.
Absolutamente todos tenían que decir algo, y si estuvieron en oportunidad y no se sintieron suficientemente escuchados, salieron contentos a las calles para darle a la ya muy maltratada Ciudad de México, una manifestación más.
Y ahí los tuvimos a todos, aquellos que dedicaron sus oraciones a San Cuauhtémoc el sábado pasado y ahora prenden las veladoras a la Virgen de Guadalupe para que ilumine el corazón del luciferino Fecal. Observaba con cierto gusto que quizás podría ser legítimo el hecho de ver que todas las organizaciones populares hicieran un frente inmenso de protesta hacia un Gobierno autoritario.
Sin embargo, la sonrisa se me desdibujó rápidamente del rostro. ¿Qué sentido tenía realmente de fondo la manifestación? Francamente, no se encontraba una hegemonía entre los manifestantes más el hecho de no estar de acuerdo con el Gobierno de Calderón. Eso era todo, pero, ¿y la propuesta?
¿De qué forma, intelectualmente hablando, se pueden unir las actitudes y pensamientos de los sectores laborales, ejidatarios, populares, estudiantiles y políticos en un llamado de atención ordenado con puntos que resuelvan todas sus necesidades?
Es complejo, he trabajado con la izquierda y si ni siquiera dentro del propio Partido de la Revolución Democrática se pueden poner de acuerdo entre corriente y corriente, menos se diga con el Partido del Trabajo, no encuentro la forma en que puedan atar ideas con los estudiantes de la UNAM, o con los ejidatarios de Atenco, menos aún con un sindicato que nació en el mejor esplendor tricolorsaúrido de nuestra nación.
Más aún, admito haber sentido cierta rabia al encontrar alumnos universitarios brillantes que, una vez concluyeron sus carreras sus salarios son de entre 7 y 8 mil pesos mensuales, considerablemente menores que el más bajo sueldo de los electricistas de LyFC (huelga dudar de la formación académica con la que cuenten). Y ahí estaban, defendiendo los principios del Sindicato de Electricistas Mexicanos, nuevamente.
Lamentablemente, todos aprovecharon el instante para resurgir nuevamente al escenario público de México, recordarle al mundo que tienen pendientes que aún no han podido resolver, y para hacer grueso a una manifestación de mexicanos que con gritos candentes protestaban contra las acciones de su Gobierno, antes de regresar a tragarse enterita la barra de telenovelas en el canal de las estrellas.
Efectivamente, el golpe de Calderón fue un exceso, aplastó totalmente la dignidad de las instituciones y de las empresas estatales. Sin embargo, la gente poco derecho tiene a reclamar cuando ahora, más que nunca, resuena en las calles la idea de que el pueblo, tiene lo que se merece.
Es ridículo que se manifiesten en todos lados las inconformidades y el reclamo para tener nuevamente a LyFC en manos de un sindicato, cuando seguimos comiendo día y noche nuestro pan televisivo de todos los días. No tiene sentido, tenemos un Gobierno tirano que sangra a mordidas a su pueblo, y desde el pueblo nos quejamos sin dejar de atender la marioneta de Televisa que manipula la mano del Poder Ejecutivo.
Más que gritar que no estamos de acuerdo, es hora de empezar a pensar que carajos mal estamos haciendo.
Y a la de ya, resolverlo.
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