miércoles, 2 de diciembre de 2009

Influenza, Trending Topic de la Temporada


El invierno llega a Toluca, con su frio malévolo y sus anuncios navideños, con las noticias de que tenemos más impuestos, menos moral y más preocupaciones, y por si fuera poco para la intranquilidad del colectivo, el fantasma de la psicosis colectiva A1H1 ocupa las primeras noticias en cualquier periódico que, superando el miedo de no encontrar una realidad peor a la del día anterior, uno se atreva a hojear.
Cierto es que, con el noviembre vigente y el diciembre esperando en el portal de la casa para entrar con los brazos abiertos, ha hecho suficiente frio como para que todos nos regalemos un buen catarro durante la temporada. Cierto también, que la preocupación de que se trate de un catarro del chancho es vigente en todos los toluqueños.
Una persona cercana a mí contrajo influenza la semana pasada, y ante la posibilidad de haberme podido contagiar con semejante bicho dado la cercanía de mis emociones y glándulas salivales con las de la hermosa enferma en cuestión, la duda de “¿qué tal si sí es en serio?” se apoderó de mi tranquilidad un par de tardes, lo confieso.
Ella hizo lo más natural: ir al doctor; en su caso un doctor particular al tenerle más afecto y confianza que a los servicios públicos de salud, y también un tanto más por el caché social que le regala a uno ser atendido en un Centro Médico nice, con folletitos brillantes y doctores simpáticos de amplias sonrisas, y la afectuosa atención que se gana uno cuando deslizan nuestras tarjetas de crédito en sus terminales bancarias.
El caso es que ella salió después de media hora y quinientos pesos de consulta con un diagnóstico de influenza, estacional de acuerdo con el médico. Su costumbre es ir acompañada de su familia nuclear al doctor, en caso de que se ofrezca algo.
Y sí, se ofreció que el doctor le recomendara a toda su estirpe inyectarse los cuatrocientos pesos por persona que costaba la vacuna contra la influenza. Y ante la duda, todos a aplicársela.
Cuatro dosis de vacunas inyectadas y ella plenamente recetada de sus retrovirales, se dirigió la familia relativamente tranquila a su casa, a refugiarse entre la preocupación de tener un ser infecto en una de sus habitaciones, y la calma de estar ahora inmunes a lo que la gente cree hoy que es un cataclismo biológico directamente destinado a borrar a los mexicanos del planeta.
Pasaron un par de días, a pesar de que ella me decía que seguramente me pudo haber contagiado de sus males, y yo me sentía como si nada.
Sin embargo, un viernes súbitamente comienzo a estornudar un poco más de lo común. Mis estornudos son tan discretos como la vestimenta de la India María, así que a cada achú la gente me miraba preocupada y recriminante por no haber escondido la nariz en la cara anterior del codo, como Carlos Loret de Mola insiste tantas veces en su programita matutino.
El frio, nadie me dejará mentir, caló durante estos días como pocas veces lo hace ya en Toluca la Congelada. El aire recorría cada lugar para arrebatar todo calor humano, y las bufandas y las chamarras proliferaron rápidamente.
Mi catarro empeoró, a tal grado que consulté a mi querida enferma de influenza si creía en la posibilidad de que me hubiese contagiado. Los regaños no se hicieron esperar, inmediatamente me recriminó la altísima irresponsabilidad en la que incurría por no haberme vacunado, por no tomarme la temperatura constantemente y por andar despreocupado por la vida propagando la semilla del mal, versión ácido ribonucléico mutado clave A1H1, por toda la capital del Estado de México.
“¡Bah!”, respondí, tomé un antihistamínico sin receta médica y con toda la irresponsabilidad premeditada del mundo, al día siguiente tenía una clase en la UNAM que no podía perder en cambio de ir corriendo al Hospital para que me recetaran el mal del porcino gripiento.
Ya en la tarde del próximo día vería a mi doctor, y el tomaría las decisiones que considerara más pertinentes.
No sé si haya sido influenza la que me provocó tanto estornudo, lo cierto es que amanecí perfectamente una vez tomada la poca pseudoefedrina que todavía atesoro. En la tarde, en Valle de Bravo tuve una comida con varios amigos y entre ellos estaba mi doctor favorito, el único capaz de aguantarme mis ataques de hipocondría obsesiva y que, además, es un buen hombre libre y de buenas costumbres.
En fin, me observó, me dijo que no tomara más ese medicamento que me autoreceté. “Si te lo tomas de nuevo, no vas a poder tomar con nosotros un par de whiskies esta noche”, y como a dictamen de Doctor no se le ve colmillo, aventé las pastillas lejos de mí y me dediqué a beber con toda tranquilidad hasta altas horas de la madrugada.
Entre pláticas, me contaba que había notado en mí que me daba catarro constantemente, y que muy probablemente en mi caso, cada vez se tratase de influenza. Es un virus que muta constantemente, y que las personas que suelen tener gripa unas tres o cuatro veces al año, por muchas molestias que le ocasione, difícilmente les llevará a tres metros bajo tierra por un cuadro de este virus en mención.
La ventaja que tenemos esos enfermos constantes, me contaba, es que adoptamos con facilidad las nuevas mutaciones, aunque ocasionalmente existan algunas particularmente agresivas como la afamada A1H1, que quizás se manifiesta con un catarro más complicado. Las personas que han sufrido más de lo común por este condenado bicho, son aquellas con cuadros previos de diabetes, obesidad mórbida, deficiencia renal, problemas del sistema inmunológico, desnutrición, o simplemente porque se creyeron muy valientes y ni un desenfriolito sabor naranja se administraron para tratarse.
La histeria colectiva que ha generado la fama del virus de la Influenza realmente no tiene fundamento, me cuenta, México tiene una historia de amor y odio con ella de toda la vida, y es una constante la Influenza estacional como padecimiento de niños y ancianos. Lo que sucede es que esta vez el virus mutó a los jóvenes y adultos, quienes no estaban tan acostumbrados a la protección que se brinda cada temporada invernal a los grupos normalmente vulnerables.
En lo que al gremio médico le respecta, y en su caso particular me cuenta entretenido, le ha generado un mil por ciento de excedentes en los ingresos de su clínica. En mayo, me contaba, era simplemente algo ya insoportable tener citas médicas pasada la media noche, nebulizando en las salas de espera a niños con bronquitis leves, y regresando a la gran mayoría de pacientes que estaban seguros de haber sido tocados por el dedo de la desgracia de esta enfermedad.
Las citas en su consultorio con motivo de la influenza fueron creciendo desde abril hasta mayo, con junio como su mayor exponente y cierta estabilidad hasta agosto. Ahora, en noviembre, comienza a subir nuevamente, para el beneplácito de los bolsillos de todos los doctores particulares de México.
Antes, cualquier gripa se curaba en casa con caldo de pollo, cuidados y quizás algunos medicamentos. Hoy, ante la más pequeña seña de que exista un catarro, la gente corre con su médico urgiendo cura para el enfermo, y vacuna para todos los que le rodean.
Precisamente, con respecto a la vacuna que le recetaron a la familia de la bella enferma de la que hacía referencia al inicio de éste artículo, mi doctor me confesó que en el mejor de sus casos, lo que se les administró fue una vacuna robada, porque las empresas sencillamente no están vendiendo la vacuna al sector privado (en el peor de los casos, nada que una solución salina no pudiera sustituir).
La ley establece que en casos de emergencia sanitaria, las vacunas se adquieren primero en todo el sector público, y sólo hasta que éste satisfaga su demanda, se provee a las clínicas privadas y farmacias. Así no ha sido con la vacuna de la influenza, existen pedidos desde hace más de tres meses para la vacuna de la influenza estacional, y sencillamente no la hay. Menos aún de la vacuna para la A1H1.
Ahora, el oseltamivir, que es el retroviral indicado para tratar este padecimiento, es sumamente complicado de encontrar en las farmacias públicas. No existe por el momento, apenas hay unas dosis perfectamente controladas por gobierno para los casos plenamente identificados como A1H1. De ahí en fuera ni le busquen, no hay más.
No tengo ni idea con qué trataron a mi bella querida, que ahora ya dejó de toser y se le escucha la voz más clara con sus particularmente agradables fosas nasales despejadas.
Yo, tan sólo con la dolencia de una cruda dominical después de tanto whiskey y quizás la garganta inflamada, de tanto hablar de la influenza.
En fin, si les da un catarro, no duden, cuídense, abríguense, tápense y cuéntenselo a quien más confianza le tengan. Las recomendaciones básicas de cuidados de tomar líquidos, alimentos ricos en vitamina C y estar tapados ante el frio, son más que suficientes siempre y se cumplan a la letra.
De ahí, en adelante, cualquier otra preocupación no certificada por un médico honesto, es pura vanidad.


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